21/08/2006
Una de las pocas preguntas que recuerdo haberme planteado sobre temas religiosoos, durante el período inicial del colegio jesuítico (8-9 años), fue la de cómo era posible que un pobre negrito, como se les llamaba entonces, por el simple hecho de haber nacido en el lugar o en la familia equivocada, no pudiera obtener la salvación eterna. Pienso que incluso yo mismo, o quizá algún compañero llegó a plantear el tema públicamente. La respuesta vino a ser algo así como que sólo se aplicaba la condenación eterna -o la no salvación- si tenían oportunidad de convertirse y no lo hacían.
Y es posible que el tema nos viniera sugerido por la cuestación del Domund (acrónimo de Domingo Mundial de la Propagación de la Fe), día en el que paseábamos por las calles, pidiendo una limosna a ese fin proselitista, con unas hermosas huchas de cerámica que representaban cabezas de indios, hindús, chinos y negros centroafricanos, de los que recuerdo los exageradamente rojos y turgentes labios. Sería considerado un caso clamoroso de racismo según los estándares actuales.
Pero, volviendo al hilo inicial, recuerdo que la misericordia y bondad y justicia de Dios no me ligaba en absoluto con la imposibilidad de salvarse para los representados por las huchas.
Lo anterior viene a cuento porque en El Islam, Hans Küng plantea la misma pregunta y hace un poco de historia, desde la extra ecclesiam nulla salus medieval (válida hasta 1964, en el Vaticano II, porque siendo dogma infalible, era intocable) hasta la actual en la que, si se busca a Dios con buena voluntad, es posible la salvación, en cualquier religión. Y en ese contexto cita de manera expresa al Islam.
Otra duda que recuerdo haber tenido fue la de la situación de las almas entre la muerte y el día del Juicio Final; pensaba que debería haber una especie de sala de espera hasta el día del Juicio Final, pero obviamente sin cuerpo porque todavía no se había resucitado.
Para mí, la verdadera omnipotencia de Dios se manifestaba en la capacidad de hacer que todos los miembros de los muertos -brazos y piernas principalmente, que yo imaginaba en grandes montones, a la espera- volvieran al cuerpo correspondiente sin errores.